Esta historia es muchas historias. Es la historia de Elizabeth Solares y de una vida en Guatemala trasplantada a Toronto; es la historia de ese trasplante; es la historia de su padre, inconclusa a perpetuidad, y, también, es la historia de la revelación de un centro emocional de Elizabeth misma a su hija, para ésta desconocido, en el curso de la conversación que le da origen a este texto.
Me llamo Elizabeth Solares y me defino como una madre trabajadora, hija, esposa, tía y mucho más. A lo largo de los años, tuve que enfrentar varias situaciones en que me vi vulnerable, débil; emociones que nunca pensé que tendría que enfrentar. Hace 30 años emigré a Canadá de mi país natal, Guatemala. Nací en la Ciudad de Guatemala, en 1965. Mi madre era maestra, mi padre era mecánico y tenía dos hermanos mayores. Juntos hacíamos una familia muy bonita, hasta que un día todo esto cambió. Como mis hermanos me llevan diez años de edad, sólo quedábamos mi mamá y mi papá, ya que mis dos hermanos estaban casados, con hijos.
Ese día nunca lo esperé. Ese día que llegó la noticia de que mi papá había desaparecido y había “muerto en un accidente, ahogado”. Ese día mi mundo cambió: ya no éramos esa linda familia, nos faltaba un pedazo, la media naranja de mi madre, el hombre más importante de mi vida: mi querido padre. Tras la muerte de mi padre, sucedieron muchas tragedias después. Mi madre viuda, criando una hija adolescente, pagando una hipoteca y como el cuerpo de mi padre nunca apareció, fue difícil recuperar el dinero del seguro de vida. Cuando perdí a mi papá, fue una etapa muy confusa, muy trágica; su muerte fue una cosa tan de repente, y nadie espera la muerte tan rápida, especialmente de sus seres más cercanos, de sus padres. Lamentablemente pasó y fue una muerte misteriosa, trágica y un poco traumática para mí porque era joven, tenía solamente 15 años. A los 15 años, uno no piensa en que alguno de sus padres se va a morir; eso lo pensamos cuando ya nuestros padres son mayores o si tienen alguna enfermedad. A los 15 años, estamos pensando en algún chico, en salidas con amigas, en nuestro futuro. Como hispana, es tradición tener una fiesta de quinceañera, pero desafortunadamente no tuve esa oportunidad de festejar mi día especial, ese año lo pasé de duelo. La muerte de mi padre para mí fue incomprensible debido a que su cuerpo nunca fue hallado. No es una muerte, como cuando uno sabe que su papá o su mamá están enfermos o tuvieron un accidente de tránsito o algo así, que se murieron de repente como por decir alguna cosa normal. La muerte de mi papá no fue algo que pasa todos los días. Se desapareció y nunca vimos su cuerpo, nunca lo pudimos enterrar, yo nunca tuve la experiencia de decir que vamos a hacer el entierro de mi papá, vamos a ir a ponerle flores alguna vez durante el año, tiene una tumba que tuviera su nombre y la fecha cuando nació, cuando falleció. No tenemos nada. Nunca tuvimos la oportunidad de hacer eso.
Todas esas cosas, cuando le pasan a uno, yo hablo por mí, para la edad que tenía, es algo traumático, muy triste, no poder ver a su padre por lo menos en una caja que ya falleció, que murió. No tuvimos nosotros esa oportunidad. Hablo por mí y no por mi familia, pero yo creo que la muerte de mi padre no fue un accidente sino yo pienso que nos mintieron a la manera de cómo mi papá murió. Nos dijeron que mi papá se había ahogado, pero cuando una persona se ahoga en el mar, el mar saca todo lo que tiene adentro siempre, pero mi padre nunca apareció en 6 meses, no puede ser que el mar no haya sacado el cadáver de mi padre. Entonces yo creo y hablo por mí, puede ser que a mi papá lo hayan matado y lo hayan enterrado.

Yo no sé si era un defecto o una virtud, pero a mi padre le gustaba defender a la gente, las injusticias que le hacían a la gente que trabajaba con ellos, a los peones, a los ayudantes de donde él trabajaba que era gente humilde. Él siempre los defendía contra los jefes malos y avaros que querían robar los beneficios o los pagos que les daban a ellos. Entonces yo pienso que puede ser que ellos querían quitar a mi papá de en medio; mi padre tal vez sabría alguna cosa u oyó algo que a ellos no les convenía. Guatemala siempre ha sido un país corrupto, aunque lamento admitirlo. Tras la muerte de mi padre, la relación entre mi madre y yo se fortaleció. Con la ayuda de Dios y de mi madre, pudimos superar la muerte de mi padre; nos convertimos en amigas inseparables; siempre hacíamos todo juntas, hasta que ella también murió, hace dos años, en 2019.
Después de la muerte de mi papá, mis dos hermanos me protegieron mucho. Asumieron el rol de padre en mi vida desde entonces. Recuerdo una vez cuando tenía 16 años, un muchacho me invitó a salir y salimos varias veces. Entre nosotros no había nada, no me dijo que yo le gustaba ni nada, puros amigos. Pero este muchacho estaba en el ejercito con mi hermano mayor. Mi hermano se le había metido en la cabeza que había algo entre nosotros y que me había “deshonrado”, entonces fue a su casa y lo amenazó con una pistola y le dijo que se alejara de mí. Me enteré después de que él ya estaba casado con hijos y yo no sabía. Aunque mis hermanos tomaron el rol de padre, no era igual, obviamente.
En el año de 1987, me casé con mi esposo después de 6 años como novios. Ya casados, mi esposo me insistió que nos viniéramos a Canadá y para agradarle le dije a mi esposo que sí. Yo no quería venir a vivir a Canadá. Para mí no era como una opción venir acá. Yo tenía pensado siempre vivir en Guatemala. Estoy muy orgullosa de ser guatemalteca y me agrada mucho que mis hijas tengan curiosidad de saber nuestra cultura. Primero vine yo, y al año siguiente vino mi esposo. Mi hermano mayor, Rony, me ayudó a conseguir mi residencia, ya que él estaba en Canadá. Rony vino aquí por razones políticas: estudiaba en la universidad nacional de Guatemala, Universidad de San Carlos de Guatemala. En esa universidad los alumnos siempre han sido acusados del gobierno que son izquierdistas y que siempre están en contra del gobierno. O al menos en ese tiempo, ahora no puedo decir así porque no sé y vivo aquí en Canadá. Antes las cosas eran así. Mi hermano tenía un amigo, la verdad es que yo no sé si él estaba o pertenecía a alguna asociación o agrupación en contra del gobierno, pero a este amigo lo mataron y empezaron a amenazar a mi hermano con que él era el próximo. Entonces después de recibir varias amenazas y cartas decidió venirse a Canadá con la ayuda de una tía cuya hija vivía acá. Entonces él vino como turista y logró quedarse.
Llegué a Canadá en mayo del año 1988 y aunque al principio extrañaba mucho a mi país y a mi marido, vi una libertad que en Guatemala yo no tenía, en el sentido de que allá uno no podía salir tarde porque era peligroso. En Guatemala siempre había ese miedo de que podría pasar algo malo, por ejemplo un asalto, te podrían secuestrar, te podías ver en algún tiroteo. Había ese sentimiento de tener que cuidarse. En Guatemala, si yo salía a la calle, lo más tarde que podía llegar era a las seis o seis y media de la tarde, porque ya después de esa hora se pone oscuro y siempre hay cosas que pasan. Entonces no era tan seguro estar afuera. Recuerdo una historia de la amiga de mi madre en que, una noche, su hijo salió de un restaurante y lo mataron. Solamente estaba en el lugar equivocado en el momento equivocado, y por eso la vida puede cambiar en un instante. Esto pasó hace diez años, pero Guatemala sigue siendo un país peligroso, aunque me cuesta admitirlo. Quisiera que las cosas no fueran así, pero lamentablemente así es Guatemala.

Al venir a este país, noté la diferencia en las costumbres: obviamente el clima, la justicia. Canadá es un país de oportunidades que, si uno las aprovecha, llega a tener éxito. Cuando vine a Canadá, obviamente empecé a trabajar para poder traer a mi esposo de Guatemala, y cuando vino, trabajamos duro para mantenernos. El año siguiente, en 1990, nació mi primera hija, Sofía. Con una hija ya vienen más gastos, entonces nos tocó trabajar.
A mí me hubiera gustado estudiar, pero desgraciadamente no tuve el apoyo para poder estudiar, más que ir a aprender inglés, pero yo hubiera querido estudiar alguna carrera corta como para poder nivelarme a lo que yo había estudiado en Guatemala, que era secretaria. Quería tener un mejor trabajo y más oportunidades, pero lamentablemente no se pudo.
Después del nacimiento de mi hija, empecé a ver las diferencias entre mi vida en Canadá y la vida que tenía en Guatemala. Cuando era pequeña, mi mamá siempre tenía empleadas, una que cocinaba y otra que me cuidaba, pero aquí en Canadá, no tenía ninguna empleada; yo tenía que hacerlo todo: limpiar la casa, cuidar a mi hija, cocinar para la familia y trabajar las ocho horas al día o si faltaba, trabajar más. Y cuando mi hija Sofía tenía 8 años, pensé que ya podía respirar un poco, pero la vida me dio una sorpresa: estaba embarazada de nuevo. Ocho años después, tuve que comenzar de nuevo: era como ser madre por primera vez, otra vez. Me había acostumbrado a no tener una niña pequeña, pero como he dicho, la vida está llena de sorpresas. Tres años después del nacimiento de mi segunda hija, tuve la tercera y última.
Con tres hijas sanas ya sentí que había logrado lo que cada madre anhela tener, pero con tres hijas vienen varios desafíos. Recuerdo que el pediatra de mis hijas siempre me decía: “los hijos son como los dedos de la mano, todos son diferentes”. Como nunca pensé que iba a criar a mis hijas en un país extranjero, siempre tenía en mente que mi familia viviera en Guatemala, pero aquí estamos y tuve que pensar en cómo criar a mis hijas, siendo yo una inmigrante. Yo sé que hay mucho inmigrante que cría a sus hijos sin la cultura de sus países de origen porque quieren que sus hijos crezcan como “canadienses” entonces se asimilan a la cultura canadiense. En mi caso, yo no quería hacer esto, quería que mis hijas crecieran sabiendo de donde veníamos, que hablaran nuestra lengua y que comieran los platos típicos de Guatemala. Al principio tenía miedo porque mi hija mayor hablaba perfecto el español, pero hablaba poco inglés cuando entro a la escuela. Mi esposo y yo hablamos inglés, pero solo hablamos español en la casa, por lo cual tenía miedo de que mi hija mayor tuviera problemas aprendiendo inglés. El tiempo llegó y todo salió bien, aprendió inglés sin problemas, entonces seguí lo mismo con mis otras dos hijas.
La mentalidad mía siempre ha sido guatemalteca, entonces el hecho de criar a mis hijas en un país en Canadá, para mí fue una tarea difícil. Aquí en Canadá es diferente. Fue como un choque. Mi mamá no me dejaba salir mucho; no podía llegar tarde a mi casa. En cambio las muchachas aquí quieren salir, llegar tarde, y eso era algo a lo que me costó acostumbrarme. Hasta la fecha, yo pienso que no deberían llegar tarde. Los valores canadienses son muy diferentes a los nuestros, un poco más liberales en algunas cosas. Porque también no todo lo que es de Guatemala es cien por ciento lo mejor: hay cosas en que también estamos atrasados. Si hubiera criado a mis hijas en Guatemala, hubieran crecido con la cultura guatemalteca, pero aquí crecieron con las dos culturas: la cultura guatemalteca y la cultura canadiense. Las tuve que mezclar viviendo acá. Mi hija mayor y mi hija menor han trabajado y empezaron jovencitas, mi segunda hija un poco después con diferente clase de trabajo. Para mí no estaba bueno que trabajaran porque nosotros no acostumbramos trabajar tan jóvenes, pero aquí así es. Entonces tuve que acomodarme, aunque no me gustara. Sentía que era peligroso que salieran y vinieran tarde del trabajo, pero siento que eso es como un miedo que tenía que les pasara algo en el camino a casa. Ahora pienso que tal vez debí haber sido diferente con ellas, debí haber sido más comprensiva. Por ejemplo, no estar en contra cuando me decían que iban a trabajar. Les hubiera dicho que fueran, que probaran, que no es fácil sólo trabajar. Ganar dinero es bonito, pero hay cosas más importantes cuando uno es joven que trabajar: es mejor estudiar y prepararse para el futuro.
La mentalidad mía siempre ha sido guatemalteca, entonces el hecho de criar a mis hijas en un país en Canadá, para mí fue una tarea difícil. Aquí en Canadá es diferente. Fue como un choque. Mi mamá no me dejaba salir mucho; no podía llegar tarde a mi casa. En cambio las muchachas aquí quieren salir, llegar tarde, y eso era algo a lo que me costó acostumbrarme. Hasta la fecha, yo pienso que no deberían llegar tarde. Los valores canadienses son muy diferentes a los nuestros, un poco más liberales en algunas cosas. Porque también no todo lo que es de Guatemala es cien por ciento lo mejor: hay cosas en que también estamos atrasados. Si hubiera criado a mis hijas en Guatemala, hubieran crecido con la cultura guatemalteca, pero aquí crecieron con las dos culturas: la cultura guatemalteca y la cultura canadiense. Las tuve que mezclar viviendo acá. Mi hija mayor y mi hija menor han trabajado y empezaron jovencitas, mi segunda hija un poco después con diferente clase de trabajo. Para mí no estaba bueno que trabajaran porque nosotros no acostumbramos trabajar tan jóvenes, pero aquí así es. Entonces tuve que acomodarme, aunque no me gustara. Sentía que era peligroso que salieran y vinieran tarde del trabajo, pero siento que eso es como un miedo que tenía que les pasara algo en el camino a casa. Ahora pienso que tal vez debí haber sido diferente con ellas, debí haber sido más comprensiva. Por ejemplo, no estar en contra cuando me decían que iban a trabajar. Les hubiera dicho que fueran, que probaran, que no es fácil sólo trabajar. Ganar dinero es bonito, pero hay cosas más importantes cuando uno es joven que trabajar: es mejor estudiar y prepararse para el futuro.

Con mis tres hijas, las empuje a todas a que estudiaran, pero me costó. Yo quería que mi hija mayor fuera a la universidad, pero ella no quiso, en vez fue a la facultad. Mi hija más pequeña, yo quería que también fuera a la universidad o a la facultad y no fue a ninguno de los dos; no sabe todavía lo que quiere. Siempre pienso que debe estudiar, pero a veces alguno no puede obligar a sus hijos a hacer algo que ellos no quieren o que no están preparados. Tal vez porque yo hubiera querido hacer las cosas y no tuve la oportunidad. Yo pienso que alguien que está en la universidad tiene una preparación más larga, para mí es mejor, decir que se graduó de la universidad, tiene su diploma, es algo diferente, y también hay tal vez mejores oportunidades de trabajo. Entre más se prepare uno, mejor. Al enterarme que mi hija mayor no quería ir a la universidad, me sentí triste y defraudada, pero tenía que entender que ella no quería y tal vez no era el momento para ella o no tenía esa madurez que tienen algunos muchachos que están enfocados en ir a la universidad, que quieren superarse. Yo quería que ella estudiara, pero después me di cuenta de que uno no puede obligar a los hijos a que ellos hagan lo que uno quiere, que ellos cumplan el sueño que uno no cumplió. Me puse triste porque siempre dijo que iba estudiar, que mi esposo y yo no habíamos estudiado en Canadá, que no éramos nada y que ella iba a ser mejor que nosotros. Al final no fue a estudiar y me lastimó a mí porque no cumplió con lo que iba a hacer. Me sacaba en cara que yo no había estudiado aquí y me hizo sentir mal porque no quería que me criticara, sino que ella fuera algo con los estudios y hasta la fecha no lo ha hecho, espero que algún día lo haga.
La única hija que me respondió con la universidad es mi segunda hija. Está estudiando para ser maestra, como mi madre. Siempre quise que alguna de mis hijas fuera maestra pero nunca las dirigí hacia esta profesión. En Guatemala, mi madre era maestra y vi cuánto le gustaba, mi madre disfrutó mucho de su carrera. Gracias a su trabajo, fue como conoció a mi padre, en una fiesta de maestros y mi padre llegó con un amigo y cuando vio a mi madre, se dijo a él mismo “con ella me voy a casar” y el resto es historia. Cuando mi segunda hija me dijo que iba estudiar para ser maestra, me alegro muchísimo, a la misma vez mi madre se puso muy contenta de tener uno de sus nietos siguiendo sus pasos.
El año pasado, una de mis sobrinas se hizo un examen de ADN para descubrir su genealogía y cuando recibió sus resultados, la compañía la contactó diciendo que en el sistema tenían un perfil de ADN con una posibilidad de que fueran parientes. Antes que mi padre conociera a mi madre, él tuvo dos hijos, un hijo y una hija, pero cuando yo nací ya eran adolescentes entonces no conviví mucho con ellos. Entonces mi sobrina me preguntó qué sabía yo sobre mis medios hermanos ya que su padre, mi hermano, no sabe mucho ni se preocupa mucho de nuestros hermanos. Le conté lo que sabía ya que por medio de Facebook me reconecté con las hijas de mi hermana y ya me comunicaba con ella. Resulta que mi medio hermano tuvo siete hijos con varias mujeres, entonces era difícil encontrar sus hijos para poder ponernos en contacto con ellos. Gracias al examen de ADN, pudimos encontrar a todos los hijos de mi medio hermano. Me enteré de que mi medio hermano había fallecido hace siete años, esto me entristeció porque nunca pude reconectar con él de nuevo. Mis sobrinos y yo compartimos las fotos que teníamos y también les enseñé fotos de mi padre, su abuelo, porque ellos nunca habían visto una foto de él, solamente sabían su nombre. Me alegro poder compartir con ellos y hablarles sobre su padre y su abuelo. Estoy muy contenta de haberlos encontrado y tener más familiares que algún día anhelo conocer en persona.

Hoy tengo dos nietos de parte de mi hija mayor. Los amo con todo mi ser. La vida de abuela me encanta: cada día aprendo nuevas cosas, aprendiendo de dinosaurios y de Pokémon. Cuido a mis nietos cuando mi hija mayor trabaja. Para mí, cuidarlos es un tremendo gusto. Mis nietos me llenan de alegría y de energía. Les hablo en español para que ellos también, como mis hijas, sepan el idioma de su país de origen. Mi vida ha estado llena de turbulencias, pero siempre he tenido a mi familia en los tiempos buenos y malos, y le agradezco a Dios por tenernos todos sanos y juntos.